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sábado, 14 de julio de 2012

¿El principio del fin del Imperio Americano?





No hay negocio que cien años dure, dice el refrán. En 1992, Jean-Bapstiste Duroselle, uno de los más destacados analistas mundiales de las Relaciones Internacionales, reformulaba la sentencia popular para titular uno de sus libros: Todo Imperio perecerá. ¿En qué medida es aplicable esta afirmación a Estados Unidos? ¿Es cierto, como sostienen algunos, que la nación estadounidense ha entrado en un período irrevocable de pérdida de poder?
Recientemente, Charles A. Kupchan, profesor de la Universidad de Georgetown, ha mantenido un acalorado debate con el también especialista estadounidense, Robert Kagan, según se rumorea en el entramado de asesores en materia internacional del candidato republicano a la Casa Blanca, Mitt Romney. Para Kupchan, Estados Unidos transita ya por un camino de pérdida relativa de su ascendencia global, debido al irrefrenable ascenso de India, Turquía o Brasil, por no hablar de China. Kagan, por su parte, sostiene en El mito del declinar americano, que los indicadores de poder económico y militar estadounidenses no han descendido tan drásticamente como proclaman algunas voces “declinistas” –Kagan utiliza este término en tono despectivo para criticar a quienes piensan que la decadencia americana es irreversible y hasta deseable.
El debate ha trascendido el ámbito universitario donde surgió para formar parte de la disputa que enfrentará el próximo mes de noviembre a Barack Obama con Romney. No es nada habitual que un presidente en campaña electoral para su reelección alabe a uno de los consejeros de su principal rival. Sin embargo, Obama ha hablado en términos elogiosos de algunos aspectos del libro de Kagan. Por ejemplo, en lo relativo a que los estadounidenses no deben adoptar una actitud derrotista, puesto que ese talante supondría, en la práctica, aceptar la inevitabilidad del retroceso y la aceptación del declive.
Y no es que Obama desdeñe el postulado de Kupchan, más bien al contrario: se encuentra mucho más cercano ideológicamente a este último que a Kagan. Ocurre, sin embargo, que el mandatario afroamericano ha tenido que entrar al trapo para no dar pábulo a quienes critican su supuesta tibieza en política exterior. Existe una corriente de pensamiento en Estados Unidos, visible ya desde hace décadas, que argumenta que los demócratas son más bien endebles y poco agresivos en el exterior. Una actitud, mantienen sus críticos, que teóricamente facilitaría el ascenso de sus rivales. En otras palabras y haciendo referencia a la actual rivalidad con China: si Estados Unidos no enseña los dientes y actúa con mayor severidad, estará dando alas al deseo chino de ascender a lo más alto.
En opinión de Kupchan, se equivocan los que como Kagan piensan que potencias como Brazil, India, Rusia o Turquía efectivamente crecerán en poderío internacional, pero lo harán sin salirse de la órbita de influencia americana. Para el profesor de Georgetown lo ideal sería asumir la emergencia de nuevos actores, dialogar con ellos, establecer puentes de entendimiento, en lugar de mantener una actitud agresiva y unilateralista como ocurrió, por ejemplo, durante la última guerra de Irak. No porque de repente el Tío Sam se haya convertido en un pacífico abuelete sin ganas de líos, sino más bien porque debe medir bien sus esfuerzos. Entre otras razones porque su equilibrio fiscal es complicado, ya que ha pasado en el tránsito de las últimas décadas de prestamista a deudor, sobre todo de créditos chinos.
Sea como fuere, ambos concuerdan en que estos procesos de reacomodación del poder mundial no se producirán de un día para otro. Las potencias emergentes también tienen importantes desafíos que afrontar –redistribución de la riqueza, respeto al medio ambiente, etc.–, si cabe mayores que el Imperio Americano. Puede que Estados Unidos haya entrado en una senda de pérdida relativa de poder, pero su estrella no se eclipsará de manera fugaz, sino que podría brillar durante décadas, incluso otro siglo.
Esa posible continuidad dependerá en mi opinión de la habilidad de quien ocupe la Casa Blanca para resistir las tentaciones de aquellos estadounidenses que quieren que su país siga siendo Sheriff mundial, sin que ello signifique que el resto de vaqueros –países– le comiencen a mirar por encima del hombro. La multipolaridad y complejidad del nuevo escenario mundial hacen prácticamente imposible que Estados Unidos pueda volver a desenfundar su revolver en solitario. Bastante más económico y menos arriesgado sería patrullar en coordinación con el resto, siempre y cuando se acometiese la urgentísima reestructuración de la ONU. De lo contrario, el principio del fin del Imperio Americano podría llegar más pronto que tarde.

viernes, 20 de abril de 2012

Vladimir Putin, ¿principio del fin?

Francisco J. Rodríguez Jiménez. George Washington University. Casi tan viejo como la humanidad es que los políticos miren hacia el exterior cuando las cosas van mal en casa. Sea en búsqueda de enemigos, de causas para justificar los problemas internos o a veces de soluciones, lo cierto es que suele ser un movimiento habitual. Es lo que se comenta ahora del intento de la presidenta argentina, Cristina Fernández, de reabrir el tema de las Malvinas. Hace unas semanas tenía lugar otro episodio de esa vieja práctica, entonces en Rusia. Ya desde bastante antes que tuvieran lugar los comicios electorales el pasado cuatro de marzo, la maquinaria del partido de Vladimir Putin, Rusia Unida, comenzó a airear en los medios afines las supuestas maniobras exteriores e interferencias exteriores en los asuntos internos rusos. Como cualquier tipo de propaganda, tales acusaciones de intervencionismo, ya sea vía “Imperialismo americano” o “Tentáculos europeos”, tienen si acaso una pizca de verdad, aderezada con mucho de exageración. Es innegable que Estados Unidos y la Unión Europea llevan tiempo ayudando a grupos pro-democracia rusos que luchan contra el círculo vicioso de autoritarismo, corrupción y falta de trasparencia. Cuando de la mano de Gorbachov y su Perestroika se subía el Telón de Acero, comenzaron a llegar expertos y observadores extranjeros para intentar vehicular los intentos locales de democratización. Ahora bien, de ahí a inferir, como ha hecho el presidente Putin, que toda la oposición no es sino una marioneta de “poderes externos” va un gran trecho. Desde que se produjese la descomposición del rompecabezas de repúblicas soviéticas, el objetivo de Occidente ha sido mantener la estabilidad geopolítica en la zona y evitar que el potencial armamentístico y nuclear de la vieja Unión Soviética acabase en manos de terroristas. Pero los esfuerzos por animar a los disidentes del Putismo han sido bastante tímidos y discontinuos. La Unión Europea se ha achantado en no pocas ocasiones antes las bravuconerías de Moscú. Baste recordar cómo hace unos años una parte de la Europa oriental se helaba literalmente de frío cuando el presidente ruso decía cerrar el grifo del suministro de gas. Es evidente que a Vladimir Putin le interesa esa estrategia de exageración de los peligros exteriores. De ese modo, su discurso de “ellos o nosotros” cobra fuerza. Y en consecuencia puede autoproclamarse como el salvador de la Madre Patria en peligro. Algo parecido a lo que hacía nuestro Caudillo, Centinela de Occidente, al denunciar la supuesta Conjura Judeo Masónica Internacional contra España. Pero a diferencia de Franco, Putin sí tiene un “poderoso enemigo venido del exterior”, real como la vida misma, aunque bastante escurridizo y casi intangible: internet. No sabemos si con ayuda exterior o no, lo cierto es que los activistas pro-democracia rusos han podido airear los trapos sucios del fraude electoral. Mediante la instalación de cámaras de vídeos en las cabinas de voto, el mundo entero ha sido testigo de cómo algunos funcionarios electorales manipulaban las urnas para favorecer al antiguo agente del KGB. A continuación, los videos fueron colgados en YOUTUBE ( véase Russia Elections Fraud) Y parece que no fue ninguna coincidencia que poco después se produjesen masivas manifestaciones pro-democráticas en las principales ciudades del país, no tanto en las pequeñas o en los pueblos. En este último punto reside una de las claves para entender la durabilidad y el poder alcanzado por Vladimir Putin. Mientras que las clases medias-altas de los núcleos urbanos han empezado hace tiempo a desertar del partido en el poder, las más humildes de los ámbitos rurales siguen siendo más fieles a la autocracia de Putin. Las primeras apenas beben de las fuentes manipuladas de la televisión estatal, prefiriendo internet o medios internacionales, mientras que las segundas apenas acceden a otras vías de información que no sea la televisión. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, en Occidente se pecó de optimismo. Se pensaba que la democracia se extendería sin problemas por los antiguos dominios del PCUS. Sin embargo, y con excepción de las tres repúblicas bálticas, la construcción de la democracia ha sido mucho más dificultosa de lo que se esperaba. Conviene recordar –con la euforia del triunfo frente al comunismo y la veneración del liberalismo económico a ultranza se suele olvidar– que la democracia no se construye, como si fuese un puente, una escuela o un estadio de fútbol, de un año para otro, a veces puede tardarse decenios o incluso siglos. No basta con tener recursos económicos, es necesario que se den unos mínimos de libertad de expresión y trasparencia en las administraciones. Para muchos analistas, Putin ha entrado ya en el principio del fin de su carrera política. Según un artículo publicado en The Economist las elecciones del pasado cuatro de marzo marcarán un antes y un después en ese sentido. Pero dada la enorme extensión del país, las voces de cambio tardarán en sentirse en las zonas alejadas de las grandes ciudades. Queda por ver si Occidente ayudará a que se produzca esa evolución democrática de manera firme –no como hasta ahora– o mirará para otro lado, ante la amenaza de nuevos cierres del grifo del gas ruso.

martes, 13 de marzo de 2012

¿Irán a la guerra?

¿IRÁN A LA GUERRA? Francisco J. Rodríguez Jiménez. George Washington University. Decía Albert Einstein que hay “dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana”, para apostillar irónicamente a posteriori que no estaba seguro de lo del Universo. Escuchando en las últimas semanas cómo los tambores de guerra se ciernen sobre Irán, es difícil no estar de acuerdo con el científico alemán. Parece ser que ni la escasamente exitosa Operación Libertad Duradera en Afganistán, ni la menos ejemplarizante aventura bélica en Irak son tomadas en cuenta para evitar errores parecidos. Estados Unidos, arrastrado por Israel, ha entrado en una peligrosísima dinámica que podría acabar en una nueva guerra en Oriente Medio. Uno de los elementos que se repite en una buena parte de los numerosos artículos publicados recientemente, es el de la aparente inevitabilidad del conflicto. Más tarde, o más temprano, todo apunta a que Israel tratará de destruir las instalaciones nucleares iraníes. Teherán respondería con un ataque al territorio israelí o a intereses estadounidenses, bien de manera directa y/o indirecta a través de los grupos fundamentalistas afines de Hezbolá en Líbano y Hamas en Gaza. ¿No hay más alternativa para detener las ambiciones nucleares de Irán que la acción violenta? Según Nicholas Burns, sí la hay. Este diplomático, que ha contado con la confianza de presidentes de distintos colores políticos –algo desgraciadamente casi inimaginable en España– ejerce ahora como profesor en la prestigiosa universidad de Harvard. En un artículo publicado en The Boston Globe enfatiza la necesidad de seguir apostando por restablecer el diálogo con los mandatarios iraníes, sin olvidar las sanciones económicas y la presión a través de la opinión pública internacional; pero sin dejarse llevar por la tentación fácil de la intervención militar inmediata. Parafraseando a John Quincy Adams, segundo presidente de la nación americana, Burns explica que Estados Unidos “no debería intervenir en guerras exteriores en busca de monstruos que aniquilar”. De entre los múltiples análisis aparecidos, uno de los enfoques en mi opinión más novedoso, pero que menos atención ha recibido, es el que aporta Annie Tracy Samuel, también desde Harvard . Esta autora analiza lo sucedido en la guerra que enfrentó a Irán e Irak desde 1980 a 1988. Y a continuación expone las lecciones que se podrían extraer de lo ocurrido entonces para evitar que los tambores de guerra continúen sonando ahora y acaben por precipitar un nuevo conflicto. El presunto fin de este tipo de ataque preventivo sería el de debilitar a la República Islámica, en particular, dificultando su capacidad para construir armas nucleares. Sin embargo, la historia de la invasión iraquí de Irán en septiembre de 1980 pone en duda tal afirmación. Según Tracy, un ataque contra Irán por parte de Israel muy probablemente haría que los iraníes, a pesar de sus diferencias internas, hicieran piña en torno a su gobierno. Y más grave aún: disiparía las dudas que todavía albergan algunos mandatarios en Teherán sobre la conveniencia o no de contar con la bomba atómica. Al igual que los iraníes de todos los colores se unieron en septiembre de 1980, ahora las diferencias podrían dejarse a un lado frente al odiado enemigo judío, y su guardaespaldas americano. Así pues, el régimen iraní acabaría fortalecido, en lugar de debilitado. No sólo por la suma de nuevos adeptos, sino porque contaría también con la excusa perfecta para liquidar a aquellos enemigos internos que continuasen mostrando su oposición. Eso es precisamente lo que sucedió después de la invasión iraquí de 1980, cuando el ayatolá Jomeini y sus aliados utilizaron la guerra para reforzar su control sobre el Estado. Además, un ataque israelí vendría a justificar la propaganda que los líderes iraníes han estado difundiendo desde hace años para justificar su despotismo: “Occidente está decidido a destruir Irán”. ¿Será pues cierto aquello de que estamos condenados a la fatalidad de que la historia siempre se repite? Quisiera pensar que no. Quisiera pensar que tenía razón el político británico Andrew Bonar cuando decía que “no existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallo del hombre”. En los últimos días, se han dado ciertos pasos hacia una solución diplomática, en parte gracias a la Unión Europea. Al mismo tiempo, Obama, presionado por el lobby judío ha declarado que no puede, o no quiere dejar de ser el sumiso guardaespaldas; o más literalmente que “Estados Unidos siempre le cubrirá las espaldas a Israel”. Parece dar igual si el apadrinado israelí tiene parte de razón, toda, o ninguna. Evidentemente, es necesario condenar por igual las bravuconerías iraníes cuando dicen que “hay que borrar a Israel del mapa”. De ahí, a caer en la tentación de la guerra preventiva va un trecho. Veremos si la estupidez humana lo permite, y americanos, israelíes e iraníes no acaban enfangados en una nueva guerra. Publicado en INFORME DE EXTREMADURA, 10 marzo 2012

viernes, 6 de enero de 2012

¿PRIMAVERA ISLAMISTA?

Nunca sabremos que pasó por la cabeza de Mohamed Bouazizi segundos antes de inmolarse a las puertas de una de las dependencias del gobierno de Túnez el 17 de diciembre de 2010. Pero sí podemos conjeturar que cuando este joven tunecino, indignado, roció su cuerpo de gasolina no podía imaginar que su acción iba a convertirse en la chispa que prendió la Primavera Árabe. Su locura no mereció la atención inmediata de la prensa occidental. Hubo de transcurrir algún tiempo hasta que los corresponsales extranjeros comenzaron a mandar noticias sobre unas revueltas populares que, con efecto dominó, se extendieron sucesivamente por Libia, Egipto, Marruecos, Siria, Yemen, etc. Y todavía tuvimos que esperar algo más hasta comprender que empujó al joven Bouazizi a poner fin a su vida de manera tan violenta. La reacción primera de Occidente, acomodado plácidamente en un conjunto de estereotipos sobre esas sociedades, fue la de entender dichas manifestaciones como una prueba más de la supuesta radicalización imparable del Islam, y la consiguiente inevitabilidad del Choque de Civilizaciones que predijo el “profeta Samuel Huntington”. Ocurre, sin embargo, que los que como Mohamed se echaron a las calles —y vuelven hacerlo en los últimos días— con técnicas de resistencia civil y apoyados en Twitter o Facebook no eran precisamente barbudos radicales, estilo Bin Laden. Por el contrario, los impulsores de aquel Despertar Árabe fueron, en su mayoría, jóvenes con estudios, frustrado por la falta de oportunidades, la corrupción de las élites en el poder, y con un cierto desapego, laicista, hacia las prácticas religiosas de sus mayores. Transcurrido casi un año desde entonces, y a pesar de las diferencias de cada caso particular, parece como si a la Primavera Árabe le estuviese saliendo un Invierno Islamista. Los partidos confesionales son, de momento, los principales beneficiarios en las urnas de las caídas de los autócratas —casos de Túnez y Egipto— o de las reformas dentro del régimen —caso de Marruecos. En su edición del 10 de diciembre pasado, The Economist daba cuenta del desencanto entre los jóvenes laicos egipcios por el resultado de la primera ronda de elecciones democráticas. El brazo político de los Hermanos Musulmanes, hasta ahora sin una presencia clara en la Plaza Tahrir de El Cairo, y medio agazapado, ha obtenido muy buenos resultados. Una tendencia que seguramente no variará cuando las consultas se hagan extensibles a las zonas más rurales del país. En Marruecos, Nordin Fatah, líder de un partido de orientación socialista en el reino alauita, ha manifestado que sus correligionarios no se resignan y que volverán a la calle para recuperar el espíritu laico que impulso las manifestaciones de la Primavera Árabe. ¿Qué ha ocurrido pues con el viento de protestas que desató la muerte del joven tunecino Bouazizi? ¿Se convertirán las líneas del Corán en verdad revelada y normativa diaria para la prohibición del alcohol, la separación de sexos en las escuelas, la obligatoriedad del velo, etc.? Y a nuestro entender, más preocupante aún ¿qué será de los jóvenes indignados que han liderado las protestas, y están sintiendo ahora la fría decepción de unos resultados electorales adversos? Si alguna lección pueda extraerse de lo ocurrido, es que los tiempos históricos ya no son lo que eran, han perdido durabilidad. En otras palabras: la revolución tecnológica y de los medios de comunicación, entre otros factores, permiten hoy que los procesos de maduración de una revuelta —antaño podían necesitarse años, décadas o siglos— sean más cortos. Todo está sujeto pues a cambios más rápidos, para lo bueno y para lo malo. Dicho lo cual, la moneda está en el aire. Lo normal sería que cayese del lado de un islamismo político moderado, similar al de la Turquía de Erdoğan. Pero la normalidad de estas sociedades árabes, anclada en el paso lento del tiempo, saltó por la venta cuando por la puerta entraron Facebook, Twitter y la televisión por clave. Queda por ver si Occidente seguirá mirando para otro lado, o apoyará de manera decidida —a diferencia de lo que ha hecho hasta ahora— a los que como Mohamed Bouazizi se rebelaron contra unas corruptas dinastías militares, pero que no quieren a Mahoma como santo y seña de de sus vidas.

martes, 2 de noviembre de 2010

¿Barreras Culturales_2?

Kathy Thompson habla con ímpetu. Sus manos baten el aire, aquí y allá, acompañando sus palabras. A diferencia de lo que suele ser norma en la Vieja Europa, los americanos prefieren el discurso dinámico, de pie y moviéndose de un lado al otro. Describe los pormenores de lo que fue su día a día en Afganistán ayudando en la reconstrucción. Pero no para, una fuerza interior, probablemente la de la ilusión del trabajo cumplido, la empuja. Avanza sutilmente, adentrándose entre las mesas de la cena de becarios Fulbright. Unos la miran y siguen con atención, enganchados a su relato. Otros, en general los más alejados, la escuchamos, pero sin perder oportunidad de apurar, con fruición, lo que queda del delicioso postre árabe de pistachos que nos sirvieron. Quizá Kathy, como el resto de 200.000 voluntarios estadounidenses que -desde marzo de 1961 y hasta la actualizad- han trabajado en misiones de paz en más de 130 países sufre un cierto complejo de Edipo. Ama la parte amable, femenina, humanitaria de su patria, pero discute continuamente con la otra cara de Estados Unidos, la varonil y guerrera. Apenas mes y medio después de su llegada la Casa Blanca, el presidente americano con más aurea de legenda, John F. Kennedy, firmaba una Executive Order que daba carta de naturaleza a los Peace Corps. Desde entonces, estos modernos misioneros de buena voluntad han pateado los cuatro confines. Su objetivo: ofrecer ayuda técnica y educativa, generalmente a poblaciones golpeados por guerras o hambrunas. No sólo eso. Su bandera es asimismo hacer más comprensible los Estados Unidos al resto de ciudadanos del planeta, y hacer que los estadounidenses comprendan mejor al resto de pueblos. Titánica tarea, sin duda. Más, claro, cuando la madre Venus estadounidense dice y promulga unos principios, y el papa guerrero, Martes, ejecuta otros, bien diferentes. Según el Washington Post del pasado 28 de octubre, el número actual de voluntarios es el mayor de los últimos 40 años. Según parece, esta tendencia al alza casa con las esperanzas que suscitó el nombramiento de Barack Obama. Sucede que hasta que no haya una mayor sintonía, unidad de acción entre las caras guerrera y humanitaria de Estados Unidos, se necesitarán muchas más Kathys, infinitas Kathys dispuestas a ayudar al prójimo, a romper las barreras culturales que hoy en día separan a estadounidenses y musulmanes. De nada sirven los encantos de Venus si luego llega Martes con la porra. Francisco Javier Rodriguez Jimenez Washington, D.C. 2, November 2010 Foto: Javier Mendez Reyes>http://lekio.artelista.com/

jueves, 21 de octubre de 2010

¿Barrerras Culturales?

No es muy agradable encontrarse perdido en medio de una ciudad. Y menos, claro, cuando te parece que llegas tarde a una cita importante. Pero perderse en Estados Unidos tiene sus ventajas. La mayoría de sus urbes se organiza siguiendo un simple sistema alfanumérico. Superado el primer obstáculo, y ya en las puertas del restaurante Marrakesh de Washington, vino el segundo. No hay nadie aquí -me dije- Todo cerrado. ¿Habré llegado tarde? El reloj marcaba menos cuarto. Es lo que tiene pensar que no llegarás a tiempo: a veces llegas con bastante antelación. Pulso el timbrecillo. Tras la puerta, un hilillo de voz femenina me animaba a entrar. Lo tenue de la luz interior y las velas que derramaban fragancias orientales me produjeron una grata sorpresa. Atracción por lo desconocido que no hizo sino aumentar cuando una dama, ataviada con yihab y un sinfín de alhajas con motivos arabescos, me invitó a acompañarla por el laberinto de pasillos en los que se dividía aquel sitio. Mientras observaba las fotos de personalidades colgadas en los muros -la mayoría de presidentes de países musulmanes- la música de fondo me hizo viajar, con la velocidad frenética del recuerdo, a las callejuelas del Gran Estambul Después de las miradas infructuosas en busca de algún conocido, y de comprobar mi nombre en la lista de invitados, marché hasta el final del amplio salón, repleto de caligrafías y símbolos del Corán, donde me tocaba sentarme. A mi derecha estaba un greco-chipriota, a la suya, una sueco-finlandesa; justo en frente mío una albanesa, a su lado derecho una americana; a mi izquierda un japonés y la de éste, una americana. Un panel bastante completito de razas, culturas y distintos walk of life. ¡Estupendo! -me dije- La música cambia bruscamente de tono, sorprendiéndonos. Desfile de camareros, como salidos de Las 1000 y una noche, con sus barbas y su paso marcial, en una escenografía bien trabajada. Nos ofrecen unas toallitas y agua para que purifiquemos nuestras manos, antes de que comience la cena. El primer plato vino en una bandeja plateada, enorme, para compartir. Pasado un rato, cada cual mira donde puede, busca algo que no necesita en el bolso o la chaqueta. ¿Dónde están los cubiertos? Es lo que todos nos preguntamos y nade quiere preguntar. En éstas, llega una chica, muy maja, de la organización: “Hay que comer con las manos” “No es una orden, es más bien una costumbre…” -dice en tono amistoso, y sonriendo ampliamente. Esto promete, me digo un par de veces. ¡Y no ha hecho más que empezar! Queda el segundo, el postre, y la charla sobre la misión humanitaria de grupos de civiles estadounidenses destinados en Afganistán… To be continued…

martes, 12 de octubre de 2010

VENTANA EXTERIOR (Presentación)

Pocos serán los que no han oído hablar alguna vez del efecto mariposa. Incluso muchos, automáticamente después de leído lo anterior, tendrán ya en su mente la imagen de un aleteo en el Hemisferio Norte que (en varias escenas cinematográficas recientes) produce una tormenta en el Sur, o viceversa. Ahora bien: ¿Qué hay de verdad en todo eso? ¿Es cierto como sugirió el matemático estadounidense Edward N. Lorenz que en un sistema caótico (el equilibrio geopolítico mundial, por ejemplo) una pequeña variación en uno de sus puntos, producirá, por sucesión de fenómenos, grandes efectos, a veces inesperados, a veces dramáticos, en la otra parte del mundo? Los que no creen en el problema del Calentamiento Global, los que piensan que el aforismo Pensar Global y Actuar Local no es más que propaganda barata de cuatro perroflautas, los que celebrarían la demolición de la ONU (ya sé que, en su estado actual, funciona malamente. Por eso precisamente es urgente revisar su estructura y modus operandi), los que responden a estos asuntos, medio irritados: “qué carajo me importa a mí lo que pasa en China…por ejemplo”; todos esos convendrán que no, que lo del efecto mariposa y el equilibrio geopolítico mundial no afecta a sus bolsillos, ni al aire que circula en sus pulmones. Este foro de reflexión, de intercambio de ideas nace pensado que sí importa lo anterior. Que para bien o para mal, lo que pase en Brasil, Estados Unidos, Burkina Faso o cualquier otra parte del globo afectará, más tarde o más temprano, a los que viven en Italia, en Japón o en cualquier otro país. Lógicamente, en la aldea global, los más poderosos tienen más poder de influencia. Este blog pretende ser una VENTANA EXTERIOR. Un espacio desde el que asomarse al mundo para tratar -con eso estaría medio satisfecho- de comprender algunas de las dinámicas internacionales. Son varias las razones que me llevan a comenzar (re-comenzar, en realidad…) esta aventura de escribir. De entre ellas, una de las más importantes viene sintetizada a la perfección en la cita siguiente: “Hemos modificado tan radicalmente nuestro entorno que ahora debemos modificarnos a nosotros mismos para poder existir dentro de él.” Norbert Wiener (Matemático estadounidense padre de la ciencia de la cibernética, 1894-1964) ¿Te subes? Francisco Javier Rodríguez Jiménez Washington, D.C. 10 octubre 2010

martes, 11 de agosto de 2009

Europa: tan presente, tan lejana

Es verdad que vivimos en un mundo acelerado; que no hay noticia que cien horas dure…Pese a lo cual, no deja de sorprender la naturaleza volátil y efímera de EUROPA en los medios de comunicación, especialmente en la televisión. Pasamos de tenerla hasta en la sopa con motivo de las elecciones europeas del pasado 7 de junio a no escucharla más que de tarde en tarde. Y habrá todavía quien se pregunte por qué tan poca gente acudió a aquella cita electoral. Tal vez si midiésemos el tiempo anual –más allá de los atracones de última hora– que cualquiera de las cadenas de ámbito nacional dedica a informar, con detenimiento y en profundidad, sobre lo que significa hoy en día EUROPA, desaparecían tales interrogantes. Seguramente nos daríamos cuenta de lo poco que se habla del Parlamento Europeo, de la Comisión Europea o del Consejo Europeo. Y así nos luce el pelo. Llegan los comicios y una parte considerable de la población no sabe por qué es importante elegir la Eurocámara, por qué es conveniente vencer la desidia y participar en las votaciones europeas. Dicho lo cual, quizá no esté de más recordar que en Bruselas se elaboran en torno al 70% de las normas que rigen nuestra vida cotidiana. En consecuencia y si siguiésemos una lógica imaginaria de “a mayor importancia para el día a día, mayor espacio televisivo” está claro que no debería ser Madrid, ni la capital de nuestra región, ni siquiera el ayuntamiento donde vivimos, el centro de nuestras miradas. Muy al contrario y pese a quien pese, las decisiones más trascendentales proceden de EUROPA. Realidad que a pesar de estar tan presente en nuestras vidas, aparece todavía tan lejana en nuestros corazones. ¿Cómo algo que afecta tanto se siente tan poco? ¿Cómo explicar esa paradoja? Sería absurdo simplificar las razones de esa problemática. Es evidente que son muchas las causas de tal desapego. La primera quedó apuntada líneas atrás: en la sociedad de la información en la que vivimos lo que no está en la “caja tonta” no es. Comienza así un peligroso círculo vicioso: lo que no sale, no interesa; como la demanda de la ciudadanía por esos temas no sube, tampoco lo hace la cobertura informativa. La segunda tiene que ver con la clase política. Históricamente y en la mayoría de los países europeos, la derecha apostó por una unión económica y financiera, una EUROPA de los MERCADOS, más que una EUROPA de los PUEBLOS. Mientras que la izquierda, medio acomplejada, medio desorientada desde la caía del Muro de Berlín no hizo lo suficiente por reivindicar la necesidad de una EUROPA SOCIAL. Unos por otros y la casa por barrer. El resultado: un edificio europeo con bastante fachada, con mucha burocracia, pero que adolece de los cimientos sólidos que supondría una ciudadanía europea motivada y enterada de lo que nos jugamos en EUROPA. Muchos –si acaso tuvieron la paciencia de leer hasta aquí– se estarán preguntando: ¿realmente es tan importante creer en EUROPA?; algunos murmurarán: “qué coñazo que nos soltó el pelma éste”. Bien, para no resultarlo más concluiré diciendo que, nos guste o nos guste, las decisiones nacionales apenas tienen incidencia en un mundo globalizado como el que vivimos. En otras palabras: ni el final de ETA–recuérdese el fallo reciente del Tribunal europeo de Estrasburgo contra Batasuna–, ni la emigración, ni la contaminación y el calentamiento global, ni los precios de los cereales o del vino, ni otros tantos asuntos dependen ya de las capillitas nacionales del Parlamento español. Es EUROPA quien puede tener algo que decir. Y es que como decía algún líder político recientemente “Con Europa podemos hacer cosas relevantes, sin Europa seremos insignificantes en la situación mundial. Esto vale para nosotros, pero también para los demás países de la Unión [europea], grandes, medianos y pequeños”. Francisco J. Rodríguez Jiménez Doctor en Historia Contemporánea. Universidad de Salamanca UNED-Madrid

miércoles, 3 de diciembre de 2008

¿Narración o especulación histórica?

“No están muertos, o no lo están del todo, pues su recuerdo sigue turbándonos”. Así definía recientemente el escritor Julio Llamazares lo que, a su entender, es la extraña y duradera “perseverancia de los desaparecidos” . Desaparecidos y víctimas de la guerra civil y la posterior posguerra que siguen presentes en el día a día de nuestras vidas. Por más que se intentó borrar su huella, por más miedo que se inoculó a sus familiares, siguen ahí. En fotos amarillentas por el paso del tiempo, en la memoria de los suyos o en el bocado que un fusil asesino asestó al barrote del cementerio. Lentamente, muy lentamente van saliendo a la luz pública algunos de los detalles que rodearon sus muertes. En este sentido, el Catedrático de Ciencia Política, Antonio Elorza declaraba: “volvamos a la aspiración última de Goethe: luz, más luz” . Y es que hace falta mucha luz, mucha investigación de archivo, mucho cotejo de fuentes, mucho trabajo histórico en profundidad, con seriedad y estilo desapasionado que nos permitan comprender los detalles de una guerra civil que todavía sobrevuela nuestras cabezas. No sólo eso. También cómo fue el día después, cuando “cautivo y desarmado el Ejército Rojo…”, Franco continuó su “operación quirúrgica”. En realidad, la intervención venía de largo. En 1935 declaró al embajador francés Jean Revete que era imprescindible para España la “amputación de la parte perniciosa de la sociedad española” Una parte podrida de socialismo y de ideas utópicas. Tan “utópicas” como que uno hombre valiese un voto y no lo que connotaba su apellido, que las mujeres pudiesen participar en las elecciones, que los niños que nacían en las chozas tuvieran la oportunidad de ir a la escuela y así un largo etcétera. Pese al intento por silenciar la “perseverancia de los desaparecidos”, NO CALLARÁN. Y no lo harán, porque, como en las historietas de miedo, sus almas vagan errantes cual fantasma con sed de justicia. Y digo bien, justicia y no venganza. No se trata de incriminar a nadie. No. Tan sólo de explicar las causas y motivos que movieron a unos y a otros a actuar como se actuó. El propósito de los diferentes movimientos de recuperación de la Memoria Histórica es (o debía ser) simple y llanamente: censar a todos los desaparecidos que ocasionó el franquismo y escudriñar las circunstancias que rodearon sus asesinatos. Esto que parece tan de sentido común, tan humanitario como posibilitar que todo el mundo sepa dónde yacen los suyos, dónde llevarles flores, se enreda con el debate político. El porqué de este enredo daría para cien columnas como ésta. Para no aburrir al personal, trataré de rebatir uno sólo de los argumentos habituales de quienes apuestan por “no remover el pasado”, los que sueltan lindezas como “esos sólo buscan evitar el debate económico”. Su razonamiento sería algo de este estilo: “como fue una guerra civil, víctimas inocentes hubo en los dos bandos, todos tuvieron culpa”. Está claro, ¿verdad?, ¿para qué marear más la perdiz?, dicen. Siguiendo este planteamiento, parece que fueron igual de culpables quienes dieron el golpe de Estado y quienes intentaron durante los primeros meses de la contienda no echar más leña al fuego, apaciguar a las masas. No fue así. Y no es que lo diga yo. Salvo algún Pío Moa, César Vidal u otro pseudo-historiador-periodista por el estilo, ningún historiador de prestigio avala esa tesis. Fue bastante diferente. Los primeros tenían un plan perfectamente trazado para ejecutar su “operación quirúrgica”, para limpiar España de rojos, comunistas y masones. Los segundos, los Azaña, Negrín, etc., se encontraron de golpe y porrazo en medio de una guerra sin cuartel. Aún así, en numerosas dependencias del gobierno civil y bajo dirección de estos últimos, se impidió en un primer momento que el pueblo accediese a los arsenales, que se hiciese con armas. Temían la carnicería que se podía desatar. Este “buenismo” explica, junto a la ayuda de Hitler y Mussolini a Franco y otros factores, la ventaja inicial de los nacionales. Como muestra un botón: mientras Azaña llamaba a la tranquilidad, Queipo de Llano usaba la radio para azuzar a sus soldados. Manuel Halcón, el que fuera segundo de a bordo de ABC, periódico monárquico y libre de cualquier mácula izquierdosa, declaraba ufano: “Queipo de Llano, el general que por primera vez en la historia usó el micrófono antes que las baterías” . No para pacificar, claro. Todo lo contrario, sus alocuciones dejaron algunas perlas como esta: “Legionarios y Regulares han enseñado a los rojos lo que es ser hombres. También las mujeres de los rojos han conocido hombres de verdad y no castrados milicianos” . En otras palabras, política de tierra quemada frente a tentativa de apaciguamiento. Militarismo frente a pacifismo. Tampoco puede extrañarnos. Los primeros, todos militares. Entre los segundos, algunos de los políticos más avanzados de la Europa del momento en su defensa de la paz. Cabe recordar que la España republicana (ésa de la que algunos siguen echando pestes porque supuestamente trajo la guerra…) fue uno de los pocos estados del entorno europeo que apostó en la Sociedad de Naciones (antecedente de la actual ONU) por la desmilitarización. Lo antedicho no es óbice para señalar que también hubo “garbanzos podridos” en la familia republicana. Faltaría más. Precisamente por eso es necesario más luz, más investigaciones al respecto. Es imprescindible conocer los claroscuros de aquel tiempo para que cese la “perseverancia de los desaparecidos”, para que descansen en paz. Otra de las argumentaciones preferidas de los que prefieren no mirar para atrás, podría condensarse en los términos: “como ganaron los franquistas, continuaron más tiempo la represión y por consiguiente hubo más republicanos asesinados. Si hubieran ganado los otros, hubiera sido igual”. Puede que sí, puede que no. Por lo pronto y que yo sepa, la HISTORIA intenta desvelar los entresijos de lo QUE HA PASADO….Lo que PODRÍA HABER PASADO…es objeto de la ucronía , de la ciencia ficción o de las especulaciones que queramos. Eso sí, la especulación histórica es divertida. Pongamos un ejemplo. Imaginemos qué habría pasado si Juan II de Portugal hubiese aceptado el plan de Colón para ir a las Indias. Imaginemos que no se hubiesen cruzado en su camino fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena, quienes inteligentemente se interesaron por su proyecto y llevaron al marino genovés ante los Reyes Católicos. Imaginemos, en suma, que la conquista de América hubiera sido liderada por Portugal y no por España. ¿Acabó de imaginar? Pues bien, piense que ahora España tendría la relevancia de Portugal y Portugal la de España, que el español sería una lengua de segunda en el mundo y el portugués una importante herramienta de trabajo. Algo así, salvando las distancias, es lo que hacen quienes se escudan en el: “y si hubieran ganado los republicanos”. Mucho me temo que los “y si” van al pelo para la especulación, no para la narración histórica. Publicado en el periódico El Chiriveje, diciembre 2008.

domingo, 31 de agosto de 2008

Esperanza Negra

Sí, lo sé, el título de esta columna suena raro. Lógico, siglos y siglos, erre que erre, pintando la esperanza de verde; y si no de verde, de algo claro, medio blanco ¿verdad? Cualquier color menos el negro, negro no, dios mío. Negro ni por asomo. Que el futuro se pone negro cuando van las cosas mal, que negro es el diablo, y los ángeles que caen. Digo yo que se caerán por una chimenea, y que se tiznan en la caída, ¿no? Siguiendo con un poco de coña, que parece un chiste de esos exagerados de Chiquito de la Calzada, dice que llega un negro a Berlín. Sí hombre, al Berlín que vio desfilar a las tropas de chicarrones arios, altos, muy blanquitos ellos, bajo la atenta mirada de Hitler hace apenas medio siglo, y se juntan más de 200.000 personas blancas para verlo, para escucharle atentamente y para desearle toda la suerte del mundo.¿Seguro que para verlo? ¿No sería para darle de hostias? No, no es ninguna broma pesada. Es lo que pasó en la capital alemana con motivo de la visita del candidato demócrata a las elecciones estadounidenses, Barack Obama, hace unas semanas. Eso allí, que si el encuentro se hubiese celebrado en Francia, los 200.000 hubieran sido muchos más, según dicen los organizadores. La paradoja está en que las mismas fuentes calculan que un mitin celebrado por la presidenta alemana Merkel o por el francés Sarkozy no habría reunido a más de 20 o 30.000 personas. Como hoy va de coñas, me viene aquello de: “¡ay mami, que será lo que tiene el negro!” ¿Qué les pasa a esos berlineses? ¿Qué le pasa a Europa que mira con tanto cariño a Obama? Si es que has tenido la paciencia de leer hasta aquí, te estarás ya preguntado: “¡Qué coño me importa a mi quién gane la Casa Blanca!” “¡Que más me da que sea blanco, negro o amarillo! Esta vez, probablemente más que nunca, sí que da. Da porque, queramos o no queramos, nos guste o no nos guste, los Estados Unidos siguen, y seguirán por un buen rato, siendo los que reparten el bacalao en el mundo. Como digo bacalao, digo crisis hipotecarias que provocan allí cuatro bancos ambiciosos y especuladores y luego reparten por ahí, montando la de la marimorena en los mercados financieros de todo el mundo. Porque, señor mío, le guste o no le guste cuando los estadounidenses se resfrían, estornuda usted, y el vecino de al lado, y el francés y el italiano y el argentino. Eso por no hablar de la contaminación atmosférica que producen; de los millones y millones de kilovatios de energía que consumen; de las guerras que provocan; de las modas estúpidas de consumo desaforado que exportan, etc., etc., ¡Tranqui!, no se cabree, no vaya a quemar alguna embajada norteamericana. Hoy que va de colores, le diré aquello tan manido de que no todo es blanco o negro; o como dice Sabina: “Como te digo una co…te digo la o…”. La realidad estadounidense es más bien café con leche. No sólo hacen todo lo anterior, también es el país que más invierta en investigación sobre el cáncer ; el que más gasta en exploración aeroespacial; el que más rápidamente se está concienciando para el reciclado y para el uso de energías alternativas; donde menos racismo existe. De este último, me dirá: ¿entonces las palizas a los negros por policías blancos que salen en la tele? Hombre, cafres hay en todos lados. Aparte de que Estados Unidos no es un país, son muchos países, más de cincuenta en uno. Y le reformulo la cuestión: imagine por un instante que las elecciones en Alemania, Francia, Italia o en la propia España se estuvieran disputando entre un candidato bien blanco, majo, de buena familia y con pedigrí y un hijo de inmigrante, venido de fuera y negro como Barack Obama. ¿Lo imagina? Siendo realista, sabe igual que yo que hoy por hoy es imposible. Porque por suerte o por desgracia, queramos aceptarlo o no, el precio del petróleo, el de los cereales, el cambio climático, la estabilidad de los mercados financieros, la paz en el mundo y un largo etcétera dependen mucho de quien esté en la Casa Blanca. Porque pienso como los 200.000 que se reunieron en Berlín que Europa necesita unos Estados Unidos civilizados y no el Estados Unidos del neoliberalismo salvaje, de Guantánamo, de la guerra de Irak, del no firmar el protocolo de Kyoto. Porque el mundo necesita un líder para el cambio. Por todo ello y porque, chico, entre la versión descafeinada de George Bush que es John Mc Cain y Obama no hay color, me quedo con la esperanza negra. ¿Y usted?
Publicado en el periódico El Chiriveje, nº 46 agosto de 2008